¿QUIÉN CONTROLA A LOS MERCADOS? Poderosas oficinas dan su calificación a los Estados

By: 
Ibrahim A. Warde
Date Published: 
February, 1997
Publication: 
Le Monde diplomatique
Language: 

 

EL REPLIEGUE DE LOS ESTADOS HA PERMITIDO EL ASCENSO AL PODERDEUNPUÑADODEAGENCIAS PRIVADASDE CALIFICACIÓN. ALIMENTADAS POR UN CONSTANTE AUMENTO DE INNOVACIONES EVALÚAN LA SOLVENCIA DE TODOS CUANTOS INTERVIENEN EN "LOS MERCADOS", EMPRESAS Y GOBIERNOS MEZCLADOS. UNA MALA NOTA PUEDE COSTAR MUY CARO, UNA BUENA NOTA SE NEGOCIA... ESTE ENGRANAJE NO ES, SIN EMBARGO, FATAL: LOS ECONOMISTAS SUGIEREN MEDIOS PARA RESTAURAR LA AUTONOMÍA DE LOS ESTADOS Y ECHAR ARENA SOBRE EL ENGRANAJE DE LAS FINANZAS. SUS PROPUESTAS SE ESTRELLAN CONTRA EL MURO DEL SILENCIO.

 

"El mundo de la posguerra fría tiene dos superpotencias, los Estados Unidos y la Agencia Moody's". Thomas Friedman, editorialista de política extranjera del New York Times, explicita así su fórmula: si Estados Unidos puede aniquilar a un enemigo utilizando su arsenal militar, la agencia de calificación financiera Moody's posee medios para estrangular financieramente a un país otorgándole una "mala nota".

Hasta fechas recientes, el poder de las agencias de rating se limitaba al mundo de las empresas y de las colectividades locales, de las que anotaban la emisión de obligaciones. La nota -establecida desde AAA a D- se basa en un análisis de la solvencia de los acreedores. La mítica triple A, muy deseada pero raramente concedida, se da a los mejores acreedores e indica una total seguridad de pago. A medida que cree la posibilidad de no-pago, la nota baja. La triple B constituye la mención "pasable" pues se está todavía, y con justicia, en la categoría de "inversionista" (investment grade): un inversor prudente puede, por tanto, arriesgarse. A partir de ahí se cae en la categoría de "especulación" (speculative grade), que sólo conviene a los temerarios dispuestos a sumir el riesgo, a cambio de elevados rendimientos. La nota D, concedida a las obligaciones defectuosas, constituye la puntuación cero del sistema.

Una buena nota permite invertir al menor coste. A medida que baja la nota aumenta la tasa de interés, pues los inversores exigirán una prima de riesgo. Las obligaciones mal calificadas (o no calificadas en absoluto) se consideran como obligaciones "podridas" (junk bonds), incluso si sus vendedores prefieren llamarlas "obligaciones de alto rendimiento" (high yield bonds). El procedimiento de calificación está muy experimentado. el cliente presenta su dossier, un equipo de examinadores le visita y hurga en sus cuentas antes de presentar un informe interno; este último es sometido, a continuación, a un comité que le adjudica la nota.

Para algunos tipos de establecimientos un buen rating es vital. Un banco mal calificado se encuentra automáticamente en posición desfavorable frente a la competencia de los mejor calificados, que pagarán menos caros sus fondos. Igualmente, para una compañía de seguros, en la medida en que la nota refleja la capacidad de hacer frente a sus compromisos en relación con los asegurados, toda degradación tiende, por naturaleza, a suscitar la desconfianza de los clientes y, por tanto, a una reducción de la cifra de negocios.

Aunque privadas, las agencias de calificación reciben la garantía de los poderes públicos y están en condiciones de fijar las reglas del juego financiero. Por un lado, la mayor parte de los emisores quieren obtener una nota. Por otro, algunos inversores institucionales -compañías de seguros, fondos de pensiones, cajas de ahorros- deben invertir lo esencial, incluso la totalidad, de sus capitales en emisiones con buenas notas. Además, las instituciones financieras que se benefician de las mejores notas se ven sometidas, a menudo, a una reglamentación menos restrictiva. En los Estados Unidos, seis agencias -Standard and Poor's, Moody's, Fitch Investors Services, Duff and Phelps, Thomas bankWatch, IBCA- están aceptadas por la Securities ans Exchange Commission (SEC), el "gendarme de la Bolsa" (1).

Esta mordaza sobre los mercados no se hace sin controversias. Primera crítica: aunque en teoría abierto a todos, el mercado de la calificación es, salvo en parcelas muy precisas, un duopolio de hecho, constituido por Standard and Poor's, filial de la casa editorial McGraw Hill, cuyo origen se remonta a 1860, y por Moody's, filial del grupo de información financiera Dun and Bradstreet, fundado en 1900. Estas dos sociedades disfrutan de una renta de situación ya que un número siempre creciente de emisiones debe ser anotado -al coste de 50.000 a 100.000 dólares por emisión- y usan métodos contundentes para ampliar su empresa y eliminar a la competencia.

Moody's es objeto de una investigación judicial, por competencia desleal, y de un proceso del distrito escolar de Jefferson County, en el Estado de Colorado. En 1993, esta colectividad, no quiso contratar a Moody's, y pidió a la pequeña agencia Fitch Investors Services que calificara su emisión de obligaciones. En réplica a esta afrenta, Moody's concedió una nota "no solicitada" (o "nota salvaje"), y se entiende que mala, lo que hizo que la emisión fuera imposible. Para la agencia de calificación no se trataba de un chantaje, sino de un servicio al público, amparado por la primera enmienda de la Constitución, que garantiza el derecho a la libre expresión (2).

El procedimiento equivalió a decir: "pagadnos, si no os costará caro". En otros tiempos, los ingresos de las agencias procedían esencialmente de los usuarios de sus calificaciones. Ahora son los calificados quienes pagan por serlo. Los emisores tienen, ciertamente, el derecho a dirigirse a una agencia menos conocida, incluso a no solicitar ninguna calificación. Pero corren el riesgo de ver que se les concede una nota "no solicitada"... Por eso, el sentido común aconseja: solicitar una nota y pagarla, cuesta menos caro que una prima de riesgo que se hace necesaria cuando existe una mala nota no solicitada (3).

Segunda crítica: las agencias de calificación cometen graves errores. En 1975, en víspera de su suspensión de pagos, la ciudad de Nueva York todavía estaba bien calificada. Más recientemente, después de la quiebra del condado de Orange, Standard and Poor's ha sido denunciada por falta de vigilancia y es objeto de numerosos procedimientos judiciales. En este caso, la agencia aseguraba a los inversores que el condado de Orange gozaba de buena salud y estaba bien gestionado, mientras se evaporaban dos millardos de dólares como consecuencia de las especulaciones sobre productos derivados (4). En octubre de 1994, el boletín de la Reserva Federal americana tranquilizaba a los inversores. A pesar de reconocer que "Las calificaciones desempeñan un papel importante y estimable en el funcionamiento y la vigilancia de los mercados financieros", el articulo sugería que "los inversores debían hacer de ellas una utilización crítica".

A pesar de todo las agencias de calificación continúan su fulgurante expansión. De hecho, cuanto más se expanden la innovación financiera y la titulación, más necesaria es la calificación (5). Tanto Standard and Poor's como Moody's se disponen a calificar los fondos de las mutuas, que continúan proliferando, en función de su nivel de riesgo. Pero es, sobre todo, en el extranjero -donde la mayor parte de las plazas financieras han conocido una evolución al modo anglosajón- donde es más espectacular el crecimiento de los gigantes de la calificación. Seguros de su experiencia y su notoriedad, han multiplicados sus sucursales exteriores donde cooperan, a menudo, con las autoridades bursátiles nacionales. En Francia, por ejemplo, desde que se ha instaurado por ley la calificación por agencias avaladas por títulos de créditos negociables y operaciones de cotización, la Comisión de Operaciones de Bolsa (COB) exige una nota a las empresas, o las colectividades locales, que acceden por primera vez al mercado de obligaciones.

Sin embargo, es el poder de calificar a los estados lo que proporciona a las agencias su imagen de superpotencias políticas. En efecto, desde 1990 -la crisis de la deuda, la sequía de la ayuda exterior y los préstamos bancarios, y las recetas neo-liberales de las organizaciones internacionales han pasado por ello-, lo esencial de la financiación exterior de los Estados se hace en el mercado de obligaciones. Desde que se abolió la "ley Wriston" (6), los inversores quieren asegurarse de la solvencia de los Estados deudores... que solamente las agencias de calificación se dicen capaces de apreciar. La calificación de las diferentes formas de la "deuda soberana" de un país (en moneda nacional, en divisas, etc.) proporciona la nota del país (las empresas privadas que se encuentran en él se califican separadamente, y en general con más severidad). Una mala nota no significa sólo un encarecimiento de la financiación. En el momento en que los deudores privados y públicos libran, a escala mundial, una batalla salvaje para atraer los capitales, puede conducir también al estrangulamiento financiero de un país del que "los mercados" no se fían.

Una buena nota a cambio de "regalos" 

Si la lectura del balance de una compañía anglosajona puede prestarse a procedimientos codificados y a parrillas de análisis clásicas, la calificación de un país, sobre todo en un contexto de incertidumbre casi total, está sembrada de trampas. Sólo algunos criterios (beneficios por habitante, crecimiento del producto nacional bruto, inflación, deuda exterior, etc.) son calificables (7); la mayor parte ("buena gestión" de la economía, perspectivas a largo plazo, estabilidad política,

etc.), no lo son. Pero, en la duda, las agencias de calificación no se abstienen. El arbitraje incluye entonces una gran dosis de arbitrariedad. Los países ricos pueden esperar buenas notas mientras que la mayor parte de los pobres -y entre ellos los que tienen, a menudo, las necesidades más apremiantes- son penalizados. Más vale cooperar, es decir, proporcionar todos los documentos solicitados y recibir la visita de los "examinadores", que verse calificar con una nota no solicitada. El sistema refuerza las desigualdades y vomita efectos perversos. El más espectacular es el que los anglosajones llaman "self-fulfilling prophecy": el simple hecho de prever, incluso equivocándose, una derrota, lleva a la derrota.

Cualquier gobierno que dependa, para su financiación, de los mercados internacionales, se encuentra a merced de las agencias de calificación. Un país puede ver su nota modificada de un día para otro o encontrarse colocado "bajo vigilancia", anticipándose a una eventual descalificación. Estas "advertencias" conducen, a menudo, a un cambio de política, para evitar la sanción financiera de los "mercados". Como colegiales nerviosos, los gobiernos acechan los cambios de humor de las agencias. Así, en el curso de las últimas semanas, tanto en Argentina como en Israel, simples rumores de descalificación lanzados por la prensa, han provocado caídas bursátiles y convulsiones políticas. Numerosos países recuerdan que las prácticas corrientes fuera del mundo anglosajón no se toman en cuenta a la hora de la calificación. La "solidaridad de sitio", por ejemplo: en numerosos países, algunos establecimientos, como los bancos, son salvados de la quiebra por la competencia. O las relaciones privilegiadas entre gobiernos y empresas públicas: cuando los bancos estatales chinos, y sus establecimientos asociados de Hong-Kong, se ven descalificados por Moody's, un portavoz del gobierno acusa a la agencia bien "de una ignorancia de la situación actual en China" o de una "distorsión intencionada de los hechos" (8).

Un número creciente de países se ha visto otorgar notas en 1996. Las consideraciones políticas no han estado siempre ausentes. Así, vista la inquietud que inspira el país, las notas —muy esperadas— de Rusia fueron mejores de lo previsto: Ba2 (Moody's) y BB (Standard and Poor's). A título comparativo, Eslovenia, Eslovaquia, Polonia, Hungría y Chequia, han recibido notas colocándoles en la categoría "bloqueo" (Baa3/BBB - y más), mientras que Rumania, el Kazastán y Lituania, están en la categoría "especulativa" (Ba1/BB + y menos). Con ocasión de su gran regreso a los mercados de obligaciones, Moscú había adquirido el compromiso de un nuevo tren de reformas y de "devolver" su último préstamo (que se remonta a 1917), pero la nota recibida no dejaba de tener relación con los diferentes "regalos" concedidos por los gobiernos occidentales a Borís Yeltsin, antes y después de su reelección (9).

La otra calificación cuyo anuncio suscitó una gran expectación fue la de Egipto. En septiembre de 1996, después de que la agencia Moody's anunciara que se disponía a emitir una calificación no solicitada, el gobierno decidió pedir ser calificado (aunque afirmando que no tenía intención de emitir obligaciones). Apoyándose en los bancos inversores Goldman Sachs y EFG Hermes, los dirigentes egipcios emprendieron una carrera forzada y se apresuraron a acceder a las exigencias del Fondo Monetario Internacional en materia de ajustes estructurales. Egipto se vio calificado con la nota Ba2 encontrándose, de golpe, al mismo nivel que México o

Venezuela, es decir un poco por encima de otros países emergentes como Turquía, Brasil o Jordania, pero siempre por detrás de Israel, Túnez o Bahrein. Para Youssef Butros Gali, Ministro de Estado para Asuntos Económicos "Esto es mejor que no ser calificado, pero no refleja ni la fuerza ni el potencial de la economía egipcia. Espero que las notas que nos serán adjudicadas pronto, por otras agencias de calificación. lo tendrán en cuenta (10)".

Muy cuidadosas en materia de transparencia cuando se trata de calificar, las agencias de calificación son bastante misteriosas. Su exorbitante poder y sus abusos exigen un control más estricto de sus prácticas o, al menos, a la adopción de un código deontológico. Estas iniciativas se están estudiando, pero hay motivos para dudar de su éxito. Las agencias no pueden, en efecto, ser controladas más que por los mismos gobiernos sobre los que mantienen una estrecha vigilancia.

 

 

Referencias

(1) Las agencias admitidas son las que han recibido el label de "organismos nacionalmente reconocidos para la calificación estadística" (NRSRO: National Recognized Statitical Rating Organizations). Cinco de ellas son americanas. IBCA, especializada en la calificación bancaria, es franco-británica.

(2) Business Week, 8 de abril, 1996

(3) Financial Times, 10, junio, 1996.

(4) Ibrahim Warde: "Orange-citron, les mécomptes d'un conté", Le Monde Diplomatique, enero, 1995.

(5) Ibrahim Warde; "Les assises du systeme bancaire détruites par la déréglementation", Le Monde Diplomatique, enero, 1991.

(6) Walter Wriston, antiguo presidente de Citibank ha dado su nombre a la "ley" según la cual los Estados pagan siempre sus deudas. Los grandes bancos internacionales compitieron entonces para conceder créditos a los gobiernos extranjeros hasta el anuncio, en 1982, de que México no estaba en condiciones de cumplir sus compromisos.

(7) Richard Cantor y Frank Packer: "Determinants and Impacts of Sovereign Credit Ratings", Economic Policy Review, Banco de la Reserva Federal de Nueva York, octubre, 1996.

(8) Far Eastern Economic Review, 1 de agosto, 1996.

(9) He Wall Street Journal, 22, noviembre, 1996.

(10) Financial Times, 23 octubre, 1996.

 

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