El cazador cazado

By: 
Ibrahim A. Warde
Date Published: 
February, 2000
Publication: 
Le Monde diplomatique
Language: 

 

La "fusión" de America Online (AOL) y Time Warner, anunciada el 10 de enero de 2000, constituye la mayor agrupación de empresas realizada hasta ahora. Pero la alianza, que conmociona las relaciones entre las industrias de telecomunicaciones, los media e Internet, caracteriza sobre todo el comienzo de una nueva era en las relaciones entre la economía tradicional y la nueva economía, así como entre la economía virtual y la economía real.

Efectivamente, a pesar de las precauciones del lenguaje (el comunicado de prensa anunciaba una "fusión entre iguales"), se trata de una absorción de Time Warner por AOL. Sin embargo, Time Warner es más importante que America Online en cuanto a volumen de negocios, cinco veces (26,6 millardos contra 5,2 millardos de dólares), en cuanto a beneficios, dos veces y media (1,2 millardos contra 0,5 millardos de dólares) y en número de empleados, seis veces (70.000 empleados contra 12.100 empleados). ¿Cómo un gigante puede ser digerido por un enano? En este tipo de operaciones sólo cuenta la capitalización en Bolsa. En vísperas de la "fusión", America Online valía 165 millardos de dólares, contra 111 millardos de dólares de Time Warner.

Esa relación de fuerzas se reflejará en la nueva compañía, que llevará el nombre de AOL-Time Warner: los accionistas de AOL serán mayoritarios con un 55%; el símbolo en Bolsa será AOL; el dueño de AOL, Steve Case, de cuarenta y dos años, será presidente (chairman), mientras que Gerald Levin, de sesenta años, dueño de Time Warner sólo será director general. El contraste entre los dos componentes del nuevo grupo es aplastante. AOL es una sociedad muy joven, en cuyo historial hay falta de experiencias, crisis y piruetas espectaculares.

Hace dos años, Time Warner, presente en todos los media, habría podido incorporar sin duda a America Online a sus trofeos de caza. En diciembre de 1999 el grupo, siguiendo el ejemplo de competidores como Disney, que adquirió una participación en Infoseek, creó un fondo de quinientos millones de dólares para invertir en Internet. El buque insignia de los media tradicionales no había tenido en cuenta ni la burbuja especulativa en la Bolsa ni las nuevas costumbres financieras. Así sucedió que el cazador fue cazado.

Efectivamente, se había producido, por accidente, una revolución en materia de valoraciones bolsísticas, en 1995, con la introducción en Bolsa de Netscape. Hasta entonces, una ley de hierro decretaba que una sociedad no podía efectuar su entrada en el mercado hasta después de haber probado que era viable. El mínimo estricto consistía en mostrar cuatro trimestres sucesivos de beneficios. Pero Jim Clark, fundador de Netscape, era un hombre acuciado, que buscaba financiar la construcción del mayor yate totalmente informatizado del mundo: la búsqueda de fondos públicos tuvo lugar cuando la empresa no tenía más que un año de existencia y acumulaba pérdidas. Aquello fue un éxito extraordinario: el día de su entrada en Bolsa, las acciones Netscape pasaron de 6 a 24 dólares. Algunos meses más tarde, la empresa continuaba siendo deficitaria, pero sus acciones valían (a pesar de todo) 140 dólares.

En una biografía dedicada a Clark, el periodista Michael Lewis ha descrito la búsqueda enloquecida del "último nuevo truco" ("the new new thing"), llamado a transformar el mundo. Paradójicamente, en un mundo regido por financieros que predican el rigor a los Estados y a los particulares, las empresas más deseables no son aquellas que proporcionan beneficios estables, sino las que "apuestan sobre un concepto". Esas empresas lanzan el siguiente mensaje a los mercados: "El futuro no se parecerá en nada al mundo de hoy, no podéis entonces determinar nuestro valor mirando al presente. Tenéis que cerrar los ojos e imaginaros un mundo nuevo". En la nueva economía, "el escepticismo no es una señal de inteligencia, es un pecado" (1).

Clarividentes o simplemente crédulos, los inversores impulsan pues sociedades virtuales hacia la cumbre. Al día siguiente de su introducción en Bolsa, Priceline.com, servicio de venta de billetes de avión a bajo precio, se valoraba en 11,7 millardos de dólares, es decir más que cualquier compañía aérea (2). Así, empresas muy jóvenes tienen capacidad de fagocitar empresas bien establecidas y rentables, pero de las que los mercados se desinteresan.

Yoyó bolsístico

Las distorsiones se amplifican por otro fenómeno reciente: muchos sectores de la economía global se rigen por el principio "el vencedor se lo lleva todo" (winner-take-all). El viejo precepto de que una marea ascendente eleve por igual a todos los barcos ya no funciona. Los aspirantes al estatus de superestrella son muchos, pero la mayor parte de los que concurren mueren en el camino (3).

A ese respecto, la fenomenal subida de los índices bolsísticos norteamericanos enmascara la desigualdad de las performances (diferentes calidades de las empresas ofertadas). En el curso del año 1999, las acciones de la mayor parte de las empresas cotizadas en Bolsa perdieron terreno. Así, el índice Nasdaq de valores tecnológicos ha experimentado una subida de un 85% en un año, pero más del 65% de los títulos cotizados en ese mercado han acusado una bajada del 30% o más (4). La explicación es simple: esos índices están considerados representativos, pero son también -y sobre todo- un escaparate en el que están expuestos los títulos estrella.

Esa lógica permite a los aspirantes al estatus de superestrella situados en lugares altos beneficiarse de un efecto de "bola de nieve": cuanto más aumenta su valor en Bolsa, mejoran al tiempo sus posiciones frente a las empresas concurrentes porque el "valor creado" les permite efectuar inversiones masivas (en materia de publicidad, por ejemplo) y atraer por su performance a nuevos inversores.

Las grandes cuestiones de la economía política clásica (1.¿En qué consiste el "valor" o la "plusvalía"? 2. ¿A quién pertenece ese "valor"?) se encuentran eludidas o más bien resueltas (Respuestas: 1. Lo que decide el mercado. 2. A los accionistas). De lo que resulta que los movimientos de yoyó bolsístico, aunque se alejen de la economía real, tienen capacidad para reestructurarla.

Así, desde el 10 de enero, el valor del grupo AOL-Time Warner ha experimentado fluctuaciones vertiginosas. Al anunciarse la "fusión", las transacciones se estimaban por parte de los dirigentes de los dos grupos en 350 millardos de dólares. A mitad de la sesión, la cotización combinada de las acciones era sólo de 280 millardos. Dos días más tarde, la capitalización bolsística de los dos títulos había perdido la bagatela de 35 millardos de dólares (es decir, la capitalización bolsística total de IBM en 1975, cuando IBM era la primera compañía del mundo).

¿Qué valen las acciones AOL-Time Warner? Según los expertos, la valoración correcta se situaría entre 34 dólares y 114 dólares. Es una horquilla un poco ancha. Lo que, en el festín de la economía real, no dejará de agudizar los apetitos de los jóvenes lobos de la nueva economía.

 

 

Referencias

(1) Michael Lewis, The New New Thing: A Silicon Valley Story, W. W. Norton, Nueva York, 1999.

(2) Léase a Ibrahim Warde, "¿Dow Jones? Más dura será la caída", Le Monde diplomatique, edición española, octubre de 1999.

(3) Robert H. Frank y Philip J. Cook, The Winner-Take-All Society, Nueva York, Free Press, 1995 (cf. nota en Le Monde diplomatique, edición española, de septiembre de 1996.

(4) The Washington Post National Weekly Edition, 3 de enero de 2000.

 

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