El proyecto de impuesto Tobin, bestia negra de los especuladores, blanco de los censores

By: 
Ibrahim A. Warde
Date Published: 
February, 1997
Publication: 
Le Monde diplomatique
Language: 

 

En 1972, mientras el mundo padecía remolinos monetarios, el economista James Tobin propuso, durante una conferencia en la Universidad de Princeton, fijar impuestos para las transacciones de cambio con el fin de permitir a los gobiernos encontrar su autonomía en materia de política macroeconómica. La idea fracasó pero, como el monstruo del Lago Ness, resurge periódicamente. En 1992 y 1993, con ocasión de las crisis monetarias europeas, y a finales de 1994, con el hundimiento del peso mexicano, el "impuesto Tobin" salió a la superficie; en 1994, durante el encuentro social en Copenhague, el presidente François Mitterrand relanzó la idea; en los pasillos del G-7 en Halifax, en 1995, el impuesto se evocó de nuevo. En cada ocasión, el proyecto fue rápidamente descartado y el impuesto parecía condenado a verse sistemáticamente calificado de "idealista" e "irrealista".

En octubre de 1995, un grupo de expertos emprendió el primer gran estudio del "impuesto Tobin" a la luz de los conocimientos en materia de movimientos de capitales y las experiencias de algunos países en el terreno del control de los flujos financieros. Algunos de los mejores especialistas de la economía y las finanzas internacionales -entre ellos los profesores Peter Kenen, de la Universidad de Princeton, Jeffrey Frankel y Barry Eichengreen, de la Universidad de Berkeley- analizaron el impacto de tal impuesto sobre los flujos financieros y las políticas monetarias, en particular su capacidad de estabilizar los flujos financieros, para permitir una mayor autonomía en materia de política económica y para generar importantes beneficios. En julio de 1996, Prensa Universitaria de Oxford publicó una colección de artículos (1). Sorpresa: salvo para algunos escépticos, el impuesto Tobin aparecía repleto de promesas. A pesar de algunas reservas manifestadas aquí y allá, la mayor parte de los expertos concluían que este impuesto va a ser estudiado seriamente o, como mínimo, estudiado más a fondo. Lejos de ser "irrealista" ha recibido, posteriormente, el apoyo de personalidades tan diversas como Jacques Delors (Presidente de la Comisión Europea, de 1985 a 1994), Butros Butros Gali (Secretario general de Naciones Unidas de 1992 a 1996) o Barber Conable (Presidente del Banco Mundial de 1986 a 1991). Sin embargo, una conspiración de silencio rodea el proyecto. La profesión económica no le presta ninguna atención. A los funcionarios que intervinieron en él se les ha pedido que no hablen. Desde la publicación de la obra, ningún órgano de la prensa anglosajona -comprendida la prensa de negocios- ha dicho una palabra.

Hay que decir que Tobin no es un economista de moda. Contra viento y marea se afirma keynesiano, apelando, en plena revolución conservadora, a una intervención activa del Estado en la economía. Mientras que los adeptos de la "nueva macroeconomía clásica" quieren acelerar la mundialización financiera y secar los beneficios de los gobiernos dispendiosos (2), él intenta restaurar la autonomía de los Estados. Sus preocupaciones, en particular sus trabajos sobre las relaciones entre el sector financiero y el sector real de la economía -por los que obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1981- parecen anticuados en una época en que es de buen tono extasiarse ante "la eficiencia del mercado". Cuando denuncia los horrores de la especulación y propone "echar un poco de arena" en los rodamientos, bien engrasados, de las finanzas internacionales, los guardianes del templo de lo "económicamente correcto" se sienten horrorizados (3).

Sin embargo, algunas cifras resultan elocuentes. Según el Banco de las regulaciones internacionales, las transacciones de cambio han alcanzado el nivel de 1.300 millardos de dólares diarios en 1995 (contra 18 millardos a comienzos de los años 70). A titulo de comparación, el total del comercio internacional de bienes y servicios no rebasa los 4.300 millardos. Además, el 80% de las idas y venidas de transacciones de cambio tienen una duración de siete días o menos; en la mayor parte de los casos, estos movimientos tienen lugar en el transcurso de una sola jornada. Y en Londres (el lugar más importante del mundo en materia de cambio) más de las cuatro quintas partes de las transacciones no están directamente ligadas a operaciones de comercio o de inversiones.

El largo plazo dura... diez minutos

Frente a estas realidades, las objeciones al impuesto Tobin se basan en teorías agriamente defendidas por la mayoría de los economistas, aunque los hechos se encarguen de desmentirles. Por eso, después del hundimiento del sistema de Bretton Woods, el consenso de la profesión -apoyándose en las tesis del monetarista Milton Friedman- era que el sistema de tasas de cambio flotantes desanimaba la especulación, pues las corrientes reflejarían automáticamente los "fundamentos" de las economías subyacentes. Cuando se produjo lo contrario, se abrió camino otro axioma: los especuladores no hacen más que representar la voluntad del mercado, que es, por definición, racional y eficiente. Para James Tobin, por el contrario, los especuladores ejercen un efecto autónomo y ampliamente desestabilizador sobre el mercado. La jugada que, en 1992, permitió a George Soros ganar un millardo de dólares en un día especulando contra la libra esterlina demuestra que los especuladores pueden enriquecerse desestabilizando los mercados (4).

Lo mismo que para la distinción entre economía real y economía financiera, la diferencia entre corto y largo plazo está en el centro de las preocupaciones de James Tobin. Imita a un operador sobre el mercado de cambios declarando: "Mi largo término son los diez próximos minutos". Pero la realidad no apasiona a los teóricos que pueden, de esta forma, ignorar un aspecto esencial del impuesto: no intenta reducir los intercambios internacionales sino penalizar los flujos especulativos a corto plazo. De hecho, con una tasa del 0,2%, los movimientos diarios sobre el mercado de cambios acabarían por costar un 48% al año; sin embargo la misma tasa sólo tendría un impacto inapreciable sobre el comercio real o sobre las inversiones a largo plazo.

En cuanto al argumento según el cual cualquier impedimento a la libre circulación de capitales sería factor de distorsión y de debilitamiento de las economías nacionales, la experiencia demuestra que no es importante. Chile, que ha establecido una serie de medidas para desanimar los flujos a corto plazo, ha tenido mayor estabilidad monetaria y más inversiones a largo plazo que los dos países de América Latina que han elegido eliminar todas las barreras a la circulación de capitales, y se han encontrado a merced de capitales, abundantes, sí, pero caprichosos. México, por ejemplo, al pasar sin advertirlo del estatuto de mejor alumno de los mercados al de cáncer, ha sufrido el contragolpe de la violencia de los flujos monetarios. A pesar de todas las promesas de prosperidad, la mayoría de la población ha visto como bajaba su nivel de vida. Como escribe James Tobin "El ejemplo de México, que padece hoy sanciones crueles por crímenes fiscales y monetarios que no ha cometido, debería bastar para desacreditar la idea de que los mercados son omniscientes".

En suma, al reducir las fluctuaciones de tasas y al permitir a los gobiernos una mayor autonomía de gestión, el impuesto Tobin tendría un efecto estabilizador sobre el mercado monetario. Faltan por determinar las modalidades prácticas de su aplicación: ¿Qué tasa establecer? ¿Qué transacciones imponer? ¿Cómo administrar la tasa? ¿Cómo repartir los beneficios? ¿Qué exenciones prever? ¿Cómo impedir el fraude y la evasión fiscal?

La tasa de imposición debe ser suficientemente elevada para que la tasa produzca los efectos esperados pero suficientemente baja para evitar que cunda el pánico y desanimar a los que buscaran los modos de evitarla. La tasa sugerida sería del orden del 0,25% o 0,15% (incluso de O,05%) y se impondría tanto sobre las transacciones simples como sobre los productos derivados -transacciones a término, swaps, opciones- ligados a operaciones de cambio. Con la tasa de 0,25% se conseguirían más de 290 millardos de dólares; con la tasa 0,1%, se podrían generar 166 millardos de dólares en un año; incluso una tasa tan baja como el 0,05% dejaría unos 100 millardos de dólares. Las cifras, se entiende, están rodeadas de incertidumbres pues, por definición, el montante global de las operaciones de cambio debería bajar. Queda por saber en qué proporciones.

¿Sería necesario crear un nuevo organismo encargado de administrar la tasa?. Tobin sugiere que los gobiernos, trabajando en estrecha colaboración con el Fondo Monetario Internacional, serían los principales gestores. Por lo que respecta a los beneficios, los países industrializados, que se estima que recibirían un 85% del total, dedicarían una parte a los organismos internacionales que se servirían de ella para financiar operaciones de mantenimiento de la paz, lucha contra la pobreza y contra la degradación del medio ambiente, u otros "bienes públicos". Los países en vías de desarrollo podrían conservar el conjunto de los beneficios de la tasa para uso propio.

En cuanto a la objeción según la cual las transacciones cambio se desviarían hacia los paraísos fiscales -"las islas Caimán reemplazarían a Londres"- no resiste el análisis. Se ha visto ya, con ocasión de la lucha contra el blanqueo del dinero de la droga o en el terreno de los delitos de iniciados: los países miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) dispone siempre de los medios para obligar a los paraísos fiscales a modificar sus legislaciones. Por otra parte, al estar muy centralizada la transferencia de fondos a nivel internacional, y estrechamente controlada por los bancos centrales, los mercados organizados, tales como LIFE (London International Financial Futures (and Options) Exchange) y un puñado de instituciones de regulación, tales como Fedwire o Clearing House Information Payment System (Chips), una cooperación entre estos organismos reduciría el papel de los "paraísos fiscales Tobin" a su justa medida. Finalmente, son posibles otros sistemas de animación y de disuasión, particularmente una reforma de la carta del Fondo Monetario Internacional, que prohibiera a los recalcitrantes el acceso a los préstamos multinacionales.

La aplicación de la tasa Tobin, se ha visto, no es nada irrealista. El principal obstáculo es, sin embargo, de orden político, ya que la idea va en contra de todos los grandes principios neoliberales -reducción de impuestos, consecución de la liberalización financiera, retirada de los poderes públicos- que son el objeto de un amplio consenso y ardientemente defendidos por los gobiernos, las grandes instituciones financieras privadas y el establishment de la profesión económica. Todos tienen interés en subrayar la ausencia de soluciones de recambio y la imposibilidad de otra política en materia de flujos financieros. Se comprenden mejor, así, los esfuerzos desplegados para enterrar la tasa o,como mínimo, para presentarla de forma tendenciosa.

Paradójicamente no son los objetivos iniciales de la tasa -autonomía macroeconómica de los gobiernos, estabilización monetaria- los que podrían suscitar un poco de interés, sino su capacidad para crear beneficios en el momento en que todos los gobiernos tienen que reducir sus deficits presupuestarios y cuando las organizaciones internacionales se enfrentan a un peligroso descenso de sus recursos. Incluso con una tasa tan débil como el 0,05%, los beneficios serían substanciales: 26,6 millardos de dólares de ingresos suplementarios anuales para el Reino Unido, 14 millardos de dólares para los Estados Unidos y 3,3 millardos de dólares para Francia. Mientras continúe la crisis fiscal de los países más ricos, continuará flotando el cadáver del impuesto Tobin.

 

Referencias

(1) Mahbub Ul Haq, INge Kaul, Isabelle Grunberg, The Tobin Tax: Coping with Financial Volatility, Oxford University Press, Oxford, 1996.

(2) François Chesnais (bajo la dirección de), La mondialisation financiére, Genèse, cout et enjeux, Syros, París, 1996.

(3) Ibrahim Warde, "La tyrannie de l'économiquement correct", Le Monde Diplomatique, mayo, 1995.

(4) Ibrahim Warde, "Chaos monétaire et enjeux politiques", Le Monde Diplomatique, octubre, 1992.

 

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