Los absurdos remedios del Fondo Monetario Internacional

By: 
Ibrahim A. Warde
Date Published: 
February, 1998
Publication: 
Le Monde diplomatique
Language: 

 

En su informe anual de 1997, el Fondo Monetario Internacional (FMI) juzgaba el éxito fiscal de Corea del Sur como "envidiable" y la política macroeconómica de Tailandia como "sana". En cuanto a Indonesia se congratulaba por "su política macroeconómica prudente, sus índices elevados de inversiones y ahorro y sus reformas para abrir sus mercados". En vísperas de la crisis, los "dragones" asiáticos parecían destinados a proseguir su irresistible ascensión. Las agencias de calificación financiera continuaban enjuiciando positivamente sus deudas (1) y los bancos extranjeros se atropellaban para encontrar prestatarios allí (2). Luego, el 2 de julio de 1997, todo se convulsionó. El bath tailandés se hundió y la tormenta fue alcanzando a todas las monedas vecinas. El ringgit malayo, el peso filipino, la rupia indonesia e incluso el dólar de Singapur, experimentaron fuertes caídas y las bolsas de la región iniciaron su descenso a los infiernos.

Tailandia fue la primera en llamar a las puertas del FMI y se puso en marcha un plan de salvamento, de 17 millardos de dólares, financiado en gran parte por el gobierno japonés. Particularidad de este plan: Estados Unidos, a pesar de estar de acuerdo, se negó a contribuir. Luego le llegó la vez a Indonesia, que obtuvo una ayuda de 43 millardos de dólares.

Para el presidente William Clinton, esta crisis financiera no era más que un "pequeño accidente del recorrido ". Igualmente, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, calificaba la crisis de "acontecimiento saludable" cuyo impacto sobre Estados Unidos sería "modesto". Por una parte, el hundimiento de las monedas asiáticas tendría efectos anti-inflacionistas. Por otra, se imponía una "pausa" en el fuerte crecimiento asiático. En los medios financieros americanos no se ocultaba un optimismo no exento de schadenfreude (consistente en alegrarse de la desgracia de otros). El "milagro" asiático no era más que un "espejismo".

El gran vuelco de produjo en noviembre pasado cuando Corea del Sur, al borde de la suspensión de pagos, tuvo que pedir ayuda al FMI. El presidente americano cambió entonces de tono: "Esta crisis debe tomarse muy en serio: nos afectará si no conseguimos restablecer la confianza y atajarla antes de que se extienda a toda la región del Pacífico asiático".

Y es que Corea del Sur, número once en la economía mundial, podía arrastrar en su caída al resto del mundo. Su deuda estimada ahora en 200 millardos de dólares, detentada en el 35% por los bancos japoneses ya afectados por dudosos créditos, podía desequilibrar a Japón, que, a su vez, posee la mayor parte de los bonos del Tesoro americano. Por lo demás, los grandes exportadores americanos y europeos empiezan a resentirse de los efectos del desfondamiento de sus clientes asiáticos (3). Los que mejor habían conseguido montar a los "dragones" están a punto de ser descabalgados.

En busca de una víctima propiciatoria

La mayor operación de salvamento de la historia -57 millardos de dólares- se puso en marcha el 3 de diciembre de 1997. Implica a tres grupos de protagonistas: las organizaciones internacionales, los gobiernos de los países ricos y los establecimientos de crédito. Una primera línea de defensa está asegurada por el FMI (21 millardos de dólares), el Banco Mundial (10 millardos) y el Banco Asiático de Desarrollo (4 millardos). Estas sumas estaban preparadas para ser desembolsadas en el momento en que Corea del Sur se comprometa a emprender las reformas requeridas. Una segunda línea de defensa, dotada con 22 millardos de dólares, fue aportada por siete países (Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña y Australia). En cuanto a los bancos acreedores, negocian por separado moratorias, escalonamiento de las deudas, créditos puente... y su futura implicación en el sistema financiero coreano.

Como contrapartida, como ocurrió con Tailandia e Indonesia, Seúl adquiere compromisos cifrados en términos de crecimiento, de paro y de inflación. El gobierno se compromete igualmente a cerrar cierto número de establecimientos de crédito, a permitir participaciones extranjeras en el capital de los bancos y de los chaebols (4). Estos últimos, muy endeudados, se verán obligados, por otra parte, a publicar cuentas consolidadas, a trabajar con auditorías reconocidas internacionalmente y a hacer más transparentes sus sistemas contables. Como el país se encuentra en vísperas de unas elecciones presidenciales, los tres principales candidatos a la presidencia deben, finalmente, comprometerse por escrito a respetar las resoluciones del plan del FMI.

Los receptores deben, igualmente, proceder a los cambios de personal político -y de "consejeros"- que se les han impuesto. Indonesia ha pedido a Widjojo Nitisastro, líder de un grupo de economistas formados en Estados Unidos y conocido como "la mafia de Berkeley", que se ponga al frente de una agencia que supervisará tanto al ministro de Finanzas como al gobernador del Banco Central, mientras que Paul Volcker, antiguo presidente de la Reserva Federal americana, se ha convertido en consejero del gobierno.

Tailandia ha pasado por cambios ministeriales encaminados a dar seguridad a sus socios capitalistas. En cuanto al gobierno coreano, se rodea, para negociar con ellos, de dos bancos de negocios americanos, Salomón Brothers y Goldman Sachs, de los que Robert Rubin, actual secretario del Tesoro de Estados Unidos, fue el anterior patrón.

Pero todas estas cantidades podrían resultar insuficientes; por una parte, no está excluido que otros países -se trata, entre otros, de Malasia, Rusia y Brasil- pasarán por crisis parecidas de liquidez. Peor aun, al no administrar aparentemente sus propios remedios, el FMI -que cuenta con 2.100 funcionarios- está falto de fondos y se ha pedido que aumenten sus cotizaciones a los 181 miembros que lo componen.

Tres cifras permiten comprender los mecanismos de financiación del organismo. Las cotizaciones de los Estados miembros se elevan a 190 millardos de dólares, de los que 50 millardos está disponibles para los préstamos a países en dificultad (5). Por otra parte, una línea de crédito (en los diez países más industrializados, más Suiza y Arabia Saudí) de 25 millardos, puede utilizarse en caso de "amenaza sobre el sistema monetario internacional". La agencia intenta subir estas cantidades a 275, 73 y 50 millardos de dólares, respectivamente (6).

La decisión de conceder o no estos aumentos corresponde en primer lugar a Estados Unidos cuya cotización (que corresponde también a sus derechos de voto) se eleva al 18% del total (7). Lawrence Summers, sub-secretario del Tesoro y gran arquitecto de las operación de salvamento -junto a los dirigentes del FMI- explica, con toda la seriedad del mundo, que el aumento de capital es indispensable para "avanzar al paso de la economía mundial" (8). Pero nunca ha conseguido convencer a la opinión pública americana y menos aún al Congreso, que mantienen atados los cordones de la bolsa.

Los más conservadores reprochan al FMI que impida al mercado funcionar limpiamente. Como Lauch Faircloth, senador republicano de Carolina del Norte, que brama contra "la era de las operaciones internacionales de salvamento financiero que se repiten, que terminan con el funcionamiento de los mercados en el terreno financiero", añadiendo: "Estamos a punto de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas " (9). La ayuda automática a las economías que fracasan plantea, en efecto, el problema del "riesgo moral" (moral hazard). La seguridad de un salvamento anima los comportamientos irresponsables y las inversiones de alto riesgo.

Desde la izquierda, se reprocha al gobierno que gaste sumas considerables para salvar a los operadores financieros o a gobiernos extranjeros, en detrimento de los programas sociales y educativos. Algunos parlamentarios van más lejos. Como Bernard Sanders, quien recuerda que, en virtud de la enmienda Sanders-Frank de 1994 (que prohíbe al Tesoro americano sacar a flote, directa o indirectamente, a los países cuya reglamentación social no reconozca los derechos de los trabajadores), "la ayuda aportada al gobierno indonesio va en contra de esta ley" (10).

En la opinión pública es tal la impopularidad del FMI, lo mismo que la de la ayuda extranjera en general, que favorece a algunos políticos -como los aspirantes presidenciales Malcolm (Steve) Forbes o Patrick Buchanan- que recomiendan su abolición pura y simple. A pesar de esos sentimientos, toda institución que disfrute de un sólido apoyo de los mercados tiene un gran futuro. Jeffrey Garten, antiguo funcionario actualmente decano de la Escuela Empresarial de la Universidad de Yale, sugiere una explicación: "El FMI es el sustituto de lo que los mercados intentan obtener: una disciplina, un plan para guiar la economía" (11).

Ya, cuando la crisis mexicana de diciembre de 1994, el Tesoro, poniendo 12 millardos de dólares en un fondo discrecional, evitó un (probable) veto del Congreso. La Administración presentó esta operación como un resonante éxito. Callando algunas cifras (el poder adquisitivo de los mexicanos ha disminuido hasta la mitad; los niveles de pobreza han pasado del 30% al 50%), los artesanos del salvamento mexicano repiten a porfía que los mexicanos han reembolsado su deuda antes de la fecha debida y que la operación fue rentable para América. De hecho, reportó al Tesoro 500 millones de dólares en intereses.

La amplitud de las sumas comprometidas explica por qué los remedios impuestos a los receptores son "necesarios", aunque sean absurdos. El FMI transpone los remedios que conoce, los administrados a las "cigalas" latino-americanas (con sus grandes presupuestos gubernamentales, sus déficits exteriores, etc.), a las "hormigas" asiáticas.

Incluso Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco Mundial, la organización "hermana" del FMI, ha expresado su extrañeza: "No debemos colocar a estos países en una severa recesión. Todos los economistas americanos rechazan el principio de equilibrio presupuestario en período de recesión. ¿Debemos ignorarlo cuando damos consejos a otros países?" (12).

Por otra parte, un documento confidencial del FMI revela que algunas de sus recetas han conseguido agravar, de hecho, la crisis asiática: la exigencia de cierre de las instituciones financieras más débiles de Tailandia, Indonesia y Corea, estaba destinada a restablecer la confianza; pero ha producido el efecto inverso, provocando, en los establecimientos sanos y bien dirigidos, retiradas masivas (13).

Además, sigue existiendo una confusión total respecto a las causas del desastre. La ortodoxia económica y financiera rechaza la idea -a pesar de la violencia de los efectos multiplicadores (overshooting) de los movimientos de capitales, de los efectos dominó, de la especulación, etc.- de que las "economías reales" puedan haber sido colocadas en mala situación por "la economía financiera" (14).

Pues, ya que los "fundamentos" clásicos (inflación, productividad, comercio exterior) son buenos, y todo el mundo está de acuerdo en decirlo, hay que buscar nuevas víctimas propiciatorias: los sistemas financieros, las instituciones o incluso los "rasgos culturales" que los dejaron en pelotas hace algunos meses y que hoy están en el banquillo de los acusados. Este análisis del Wall Street Journal es, al respecto, edificante: "Ahorrar es bueno. Pero los coreanos ahorran demasiado. Su índice de ahorro del 35% es uno de los más elevados de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). El índice de consumo por habitante es dos veces menor que el de Japón y tres veces inferior al de Estados Unidos" (15).

Análisis como este serán, sin duda, útiles para los "expertos" a quienes incumbe ahora rehacer el Sudeste asiático, aunque no hayan sido capaces de prevenir nada y se hayan equivocado.

 

Referencias

(1) Financial Times, 9, diciembre, 1997. La agencia Moody's explicó más tarde: "Las autoridades tailandesas dejaron a las instituciones financieras cierto margen de error teórico". Citado en Le Petit Bouquet del 6 de enero de 1998 (http://www.le-petit-bouquet.com).

(2) William Cline y Kevin Barnes, Spreads and Risks in Emerging Market Lending, Institute for International Finance, Washington, diciembre, 1997.

(3) A este respecto, la obra premonitoria de William Greider, One World Ready or Not: The Manic Logic of Global Capitalism, Simon and Schuster, Nueva York, 1997.

(4) Conglomerados, artesanos del milagro económico coreano. Su nombre proviene de una contracción de las palabras chinas chae (propiedad) y munbol (familia noble).

(5) Hay que destacar que estos préstamos no siempre son reembolsados. Los impagados se elevan hoy a 2,8 millardos de dólares. Irak, Somalia, Sudán y Zaire están entre los países que acusan retrasos en el pago.

(6) The Los Angeles Times, 22, noviembre, 1997.

(7) Siguen Alemania (5,7%), Japón (5,7%), Francia (5,1%), Gran Bretaña (5,1%) y Arabia Saudí (3,5%).

(8) "To keep pace with the scale of the global economy", The Wall Street Journal, Nueva York, 22, septiembre, 1997.

(9) The New York Times, 13, enero, 1998.

(10) Multinational Monitor, Washington, D.C., noviembre, 1997.

(11) The Los Angeles Times, 11, enero, 1998

(12) The Wall Street Journal, 8, enero, 1998

(13) The New York Times, 14, enero, 1998

(14) Léase Michel Chossudovsky, "Un frenesí especulativo que sacude las economías reales", Le Monde diplomatique, edición española, diciembre, 1997

(15) The Wall Street Journal, 24, noviembre, 1997.

 

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